En el horizonte del largo plazo nos debemos acercar a la “descarbonización”

El progreso tecnológico puede aliviar algunas de las barreras sociales y políticas en la acción climática y tal innovación por sí sola no llevará al mundo hasta el cero neto. Para lograrlo, se necesitan cambios drásticos en el comportamiento y en las decisiones políticas de los gobiernos del orbe.

Las discusiones sobre el cambio climático contienen dos mensajes aparentemente contradictorios donde se afirma que es casi imposible “descarbonizar” completamente y lo suficientemente rápido como para limitar el calentamiento global del siglo 21 bajo de los dos grados centígrados en relación con los niveles preindustriales y por otra parte dado lo que está en juego, una “descarbonización” tan rápida es absolutamente inevitable.

Ambas afirmaciones pueden ser ciertas. Lograr una economía global neta cero para 2050 es técnica y económicamente factible con las tecnologías existentes, pero requiere cambios drásticos en el comportamiento de todos los gobiernos y de un grado de cooperación internacional que parece muy difícil de lograr.

La escala de la tarea por cumplir es realmente abrumadora.

Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (1), limitar el calentamiento global a 1,5 ° Celcius requerirá reducir las emisiones de dióxido de carbono en aproximadamente un 45% con respecto a los niveles de 2010 en el año 2030, y a cero neto en el año 2050, alcanzando transiciones en energía, suelo, urbanismo e infraestructura, transporte, edificios y sistemas industriales donde la reducción de las emisiones de CO2 es solo una parte de la tarea. El mundo también debe reducir drásticamente las emisiones de contaminantes climáticos de vida corta como el metano a fin de lograr una gran reducción del calentamiento del Ártico y el deshielo del permafrost, que amenaza con provocar la liberación de más óxido nitroso y metano y de hongos, virus y bacterias que podrían reaparecer tras millones de años congelados en el permafrost. Ya se ha comprobado la viabilidad —la capacidad de infectar y enfermar— de estos microorganismos a través de cultivos en laboratorios. La congelación es un método efectivo de conservación y el permafrost puede estar congelado por cientos de miles de años en las capas más profundas que pueden llegar a los 1.500 metros bajo el suelo.

Un estudio de enero de 2019, publicado en Nature Communications (2), mostró que entre 2007 y 2016 la temperatura del suelo en zonas de permafrost continuo aumentó en 0,39 ± 0,15 °C. Entretanto, en el premafrost discontinuo, el suelo se calentó en 0,20 ± 0,10 °C y el suelo congelado cercano a las regiones de altas montañas se calentó en 0,19 ± 0,05 °C. El estudio concluía que a escala mundial la temperatura del permafrost aumentó en 0,29 ± 0,12 °C.

Aunque más de 100 países se han comprometido a convertirse en carbono neutral para mediados del siglo 21, las emisiones globales han seguido aumentando a un ritmo rápido, interrumpido solo por la recesión inducida por la pandemia. En cuanto a las tendencias prepandémicas, el mundo estaba en camino de agotar su presupuesto de carbono para 2035. A pesar de las advertencias urgentes de los científicos, las negociaciones climáticas internacionales hasta ahora no han logrado llegar al nivel necesario para enfrentar el desafío, lo que ha llevado a un pesimismo generalizado sobre la situación de la capacidad para prevenir desastres climáticos.


¿Qué explica esta convivencia entre el optimismo tecnológico y el alarmismo generalizado?

Después de todo, la transición a cero neto es técnicamente posible y bastante económica en un número creciente de sectores. Las fuentes de energía renovable como la solar y la eólica ya son la opción de energía de menor costo en gran parte del mundo y se volverán aún más económicas a medida que se amplíe su adopción. Las baterías son cada vez mejores y más baratas, lo que permite la ecologización del transporte y la generación de electricidad.

Una razón de la insuficiente acción climática hasta la fecha es que cambiar a transporte y electricidad sin carbono implica costos iniciales. Es cierto que algunos de estos costos de reemplazo tendrían que pagarse a medida que los automóviles, las plantas de carbón y las centrales eléctricas de gas se vuelvan obsoletas. Para un número grande de gobiernos, empresas y personas, adoptarlas es rentable incluso a corto plazo. Sin embargo, con mayor frecuencia, la descarbonización solo es rentable en un horizonte a más largo plazo en un mundo caracterizado por el pensamiento cortoplacista.


Otra razón para la poca acción en buscar la descarbonización se atribuye a que las transformaciones verdes tendrán importantes implicaciones distributivas en todos los países, donde se crearían millones de nuevos puestos de trabajo, pero se perderían millones por tecnologías y servicios obsoletos.

Este problema de transición es más grave de implementar en los países en desarrollo, que estarán mejor con tecnologías verdes, pero que por lo general carecen de financiamiento e incentivos a largo plazo para adoptarlas. La única solución viable es que los países ricos subvencionen la transición en los países en desarrollo, incluso a través de bancos multilaterales de desarrollo.


Es un hecho que la escala de financiamiento a largo plazo necesaria para cubrir los costos iniciales y la dificultad de los desafíos distributivos, exigen una coordinación mundial sin precedentes y una cohesión internacional para que la transición verde sea económica y políticamente viable.

Afortunadamente, aunque la viabilidad tecnológica y política puede operar en planos separados, las dos están conectadas.

Implementar tecnologías verdes reduce el costo político para los países, ya que se han convertido en interés el tomar este desafío. Un buen ejemplo es India que está reemplazando voluntariamente sus plantas de carbón con energías renovables. Las externalidades positivas de la innovación tecnológica compensan y las externalidades negativas planteadas por los problemas de coordinación se están resolviendo. Esto hace que sea aún más importante para los responsables de la formulación de políticas garantizar que los países con escasos recursos tengan también acceso de bajo costo a estas tecnologías de “descarbonización”.

(1) https://archive.ipcc.ch/index.htm

(2) https://www.nature.com/articles/s41467-018-08240-4





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