La nueva normalidad del siglo 21 con un mundo en creciente desorden

Estamos entrando en el tercer año de la pandemia y aún no conocemos sus orígenes. A nivel mundial, la brecha entre los desafíos y las respuestas es grande y creciente. La pandemia del COVID puso de manifiesto las deficiencias de la maquinaria sanitaria internacional.

Iniciado el 2022, ya sabemos que más de cinco millones de personas o muchas más han muerto a causa del virus. También sabemos que más de tres mil millones de personas, muchas en África, aún no han recibido una sola dosis de la vacuna contra el COVID y sabemos que la pandemia en curso ha reducido la producción económica mundial en billones de dólares.

El cambio climático ha avanzado. El mundo ya es más de un grado Celsius más cálido de lo que era al comienzo de la revolución industrial y está en camino de aumentar su calentamiento. Los fenómenos meteorológicos extremos son más frecuentes y paradójicamente ha aumentado el uso de combustibles fósiles.

Los gobiernos mundiales se han comprometido para hacerlo mejor y su desempeño aún está por verse; en algunos casos, como China e India, las promesas son dignas de mención por su falta de ambición y urgencia.

El ciberespacio sigue siendo similar al Salvaje Oeste, sin ningún alguacil dispuesto o capaz de establecer límites a un comportamiento aceptable. Ni siquiera existe la pretensión de una cooperación global. Más bien, vemos que la tecnología supera a la diplomacia, con gobiernos autoritarios que hacen todo lo posible para aislar sus sociedades mientras violan el ciberespacio de otros para sembrar discordia política o robar tecnología.

Continúa la proliferación nuclear. Corea del Norte ha aumentado la cantidad y calidad de su arsenal nuclear y el alcance y precisión de sus misiles. Y, a raíz de la decisión unilateral de Estados Unidos en 2018 de salir del acuerdo que imponía límites temporales a las capacidades nucleares de Irán, la República Islámica está a unos meses de poseer un arma nuclear.

La rivalidad entre las grandes potencias es más profunda que en cualquier otro momento desde la Guerra Fría. Las relaciones entre Estados Unidos y China se han deteriorado rápidamente, principalmente debido al aumento de la represión china en el interior, las fricciones comerciales y económicas, y la creciente fuerza militar de China y su política exterior cada vez más asertiva. En un contexto de creciente competencia económica y posible conflicto sobre Taiwán, no está claro si los dos países podrán cooperar en desafíos globales como la salud pública y el cambio climático.

Podría decirse que Rusia está aún más descontenta con el orden mundial. Tres décadas después del final de la Guerra Fría, el presidente Vladimir Putin, aparentemente instalado en el poder en el futuro previsible, está decidido a detener o revertir el alcance de la OTAN. Putin ha demostrado sentirse cómodo utilizando la fuerza militar, el suministro de energía y los ataques cibernéticos para desestabilizar a los países y gobiernos que considera adversarios. El objetivo inmediato es Ucrania, pero el desafío estratégico que plantea la Rusia de Putin es mucho más amplio.

Más de ochenta millones, una de cada cien personas, están desplazadas. Muchas veces ese número está soportando lo que solo puede describirse como una crisis humanitaria. El Medio Oriente es el hogar de varias guerras en curso que son simultáneamente civiles y regionales. El Comité Internacional de Rescate (IRC) ha publicado su Lista de Vigilancia de Emergencia 2022, una lista global de crisis humanitarias que se espera que se deterioren más durante este año. La mayoría de los países de la Lista de Vigilancia han experimentado conflictos casi ininterrumpidos durante la última década, lo que ha obstaculizado su capacidad para responder a los actuales desafíos globales como el COVID y el cambio climático. Los principales afectados son Sudan, Siria, Somalia, Myanmar, República Democrática del Congo, Sudan del Sur, Nigeria, Yemen, Etiopía y Afganistán, donde ya parece estar en camino de convertirse nuevamente en un líder mundial en terrorismo, producción de opio y miseria.

Estados Unidos continúa en modo de desorden interno con una polarización política aún en un punto alto y la violencia política se ha convertido en una grave amenaza donde después de la transferencia pacífica del poder político después de las elecciones, no puede darse por finalizada. Esta realidad interna, a su vez, ha acelerado el retroceso de Estados Unidos del liderazgo mundial después de tres cuartos de siglo. Ningún otro país puede y está dispuesto a asumir este papel.

Sin duda, algunos desarrollos positivos merecen ser mencionados: la rápida creación de vacunas que reducen drásticamente la vulnerabilidad al COVID; nuevas tecnologías ecológicas que reducen la dependencia de los combustibles fósiles; la cooperación creciente entre Estados Unidos y varios de sus socios hacen retroceder a una China más enérgica.

Según Richard Haas, en su libro “El mundo: una breve introducción”, el multilateralismo es la mejor manera de luchar contra los retos globales del cambio climático, las migraciones, la salud, el proteccionismo, las políticas monetarias o la política de desarrollo. La tesis de Haas sobre el orden y el desorden, lo señala como nuestra alternativa de seguir viviendo en un mundo imperfecto, en el que nunca hay una paz total, ni tampoco completa justicia e igualdad. Pese a que se diga lo contrario, en ocasiones parece que vivimos en un sistema internacional, y no en una sociedad internacional. Sin embargo, el viejo sistema de la balanza de poder demostró su inoperancia en el siglo 20 y surgió así el multilateralismo y la necesidad de la cooperación internacional. Pero, como bien dice el autor, el orden no el estado natural de los asuntos internacionales y no aparece de manera automática. La mayor contribución al orden no puede ser otra que el compromiso y la cooperación.

La pregunta cae por sí sola. ¿Qué haría falta para evitar un futuro definido por el desorden?

Una lista corta debe incluir la vacunación generalizada contra el COVID en todos los rincones del mundo, nuevas vacunas eficaces contra variantes futuras que seguramente llegarán; un avance tecnológico o diplomático para reducir drásticamente el uso de combustibles fósiles y ralentizar el cambio climático; un acuerdo político en Ucrania que promueva la seguridad europea y un resultado con Irán que evite que se convierta en una potencia nuclear; una relación entre Estados Unidos y China capaz de poner barreras para gestionar la competencia y evitar conflictos; y un Estados Unidos que logre reparar su democracia lo suficiente como para tener la capacidad de concentrarse en los acontecimientos mundiales. Sin embargo, lo que está claro es que las tendencias no mejorarán por sí solas. Se necesitan innovación, diplomacia y voluntad colectiva para cambiar las cosas. Desafortunadamente, los dos últimos son escasos.

Nos guste o no, vivimos en una era global, en la que lo que sucede a miles de kilómetros de distancia tiene la capacidad de afectar nuestras vidas. Esta vez, se trata del COVID-19, que se originó en una ciudad china y que se ha extendido a todos los rincones de la tierra. La próxima vez, podría ser otra enfermedad infecciosa de algún otro lugar. Hace veinte años, fue un grupo de terroristas entrenados en Afganistán y armados que se apoderaron de cuatro aviones y los volaron contra edificios y cobraron casi tres mil vidas. La próxima vez, podrían ser otros terroristas los que utilicen un camión bomba u obtengan acceso a un arma de destrucción masiva. En 2016, los piratas informáticos en un edificio de oficinas en Rusia viajaron virtualmente en el ciberespacio para manipular las elecciones de Estados Unidos. Ahora se han introducido en nuestra vida política. En años recientes, severos huracanes y grandes incendios vinculados al cambio climático han devastado partes de la tierra; en el futuro podemos anticipar desastres naturales aún más graves. En 2008, fue una crisis financiera mundial causada por valores respaldados por hipotecas en Estados Unidos, pero algún día podría ser un contagio financiero originado en Europa, Asia o África.


En junio de 2021, el Banco Mundial publicó el informe Perspectivas Económicas Mundiales, en el cual se informa un aumento en la pobreza “por primera vez en una generación”. El análisis del Banco señala que “el COVID causará un daño duradero en las condiciones de vida de la población más vulnerable”. En los países de bajos ingresos, 112 millones de personas ya viven con inseguridad alimentaria. El documento señala que “la pandemia también agravará la desigualdad de ingresos y de género, dado su enorme efecto negativo sobre las mujeres, los niños y los trabajadores no cualificados e informales, así como sus efectos adversos sobre la educación, la salud y el nivel de vida”. Antes de la pandemia, 1.300 millones de personas vivían en una pobreza multidimensional y persistente; ahora, sus carencias se han profundizado debido al modo en que ha sido enfrentada la pandemia por parte de los gobiernos.


En qué tiempos vivimos cuando se nos pide que seamos razonables en un mundo en el que el desorden es la norma, el desorden de la guerra y las inundaciones, la peste de un tipo u otro. Esta es la nueva normalidad del siglo 21.




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