Las cadenas de suministro y la demanda mundial a pasos del 2021

Casi todo lo que se produce hoy en el planeta es resultado de una cadena de suministros. Una serie de pasos en los que materias primas y componentes se producen, ensamblan y comercializan en un solo país o en el mundo entero. Algunos productos pueden llegar a exigir miles de pasos de los que participan y cientos de empresas en decenas de países.


En gran medida, las cadenas de suministro se formaron y mantuvieron con poca atención a su resiliencia. Mantener los costos bajos era lo esencial, y eso a menudo significó depender de un solo proveedor o fabricante barato y limitar el tamaño del inventario. Justo a tiempo era el concepto que reflejaba el deseo de reducir la brecha entre el momento de producción o de adquisición de un producto y el de su venta.


Todo esto funcionó bien antes de la pandemia del COVID-19. Al principio de la crisis hubo serios desabastecimientos de equipos de protección personal y de ingredientes farmacéuticos. En la actualidad, las cadenas de suministro funcionan, pero a menudo sujetas a largas demoras relacionadas con el envío y transporte.

Entonces la pregunta central debe ser cómo aumentar de la mejor manera posible la resiliencia de la cadena de suministro porque podríamos tener futuros brotes de enfermedades infecciosas que podrán ser mucho más disruptivos o efectos del cambio climático, como los cada vez más frecuentes e intensos incendios forestales, huracanes e inundaciones que podrían cerrar un centro de producción por semanas o meses. Del mismo modo, no se puede descartar el potencial de las huelgas, los terremotos, los colapsos mecánicos y los ataques terroristas.


Una segunda razón para una mayor preocupación acerca de las cadenas de suministro es el grado de dependencia que hemos llegado a tener de China, el mayor fabricante del planeta, para productos de importancia crítica. La pandemia reveló cuántos países dependen de China para la mayor parte de sus suministros de protección personal y la decisión de este país de bloquear las exportaciones de estos productos causó una escasez generalizada. También está la inquietud de que una China cada vez más asertiva pueda intentar aprovechar la dependencia mundial para sus propios fines políticos.

Estoy convencido que tenemos en las manos varias maneras de manejar estos riesgos.

Una alternativa es reducir la dependencia en un solo proveedor nacional o extranjero de un producto básico o componente de importancia crítica, lo que podría traducirse en contratar varios proveedores, de modo que, si algo ocurriera con uno o varios de ellos, los países dependientes se verían menos afectados.


El problema es que asegurar una redundancia adecuada puede ser difícil. Pareciera como que no tenemos alternativas con la calidad y la capacidad necesarias, y que desarrollarlas sea costoso y demore meses o años. Pero puede merecer la pena en ciertas áreas, especialmente entre aliados y socios cercanos.


Un segundo enfoque será exigir que el todo o parte de un componente medicamento o tecnología de importancia esencial se fabrique localmente. Eso no es una garantía contra una disrupción, porque una planta local también puede quedar inactiva en la cadena por distintas razones, pero se crean empleos y se reduce parte de la incertidumbre de depender de fuentes extranjeras que están lejos y fuera de nuestro control.


El comercio internacional se sustenta en el concepto de la ventaja comparativa, que plantea que un país debería producir aquello en lo que es relativamente bueno e importar los productos que le resultan relativamente más costosos de producir. Sin embargo, la resiliencia de la cadena de suministro necesariamente significa tomar algunas decisiones económicamente ineficientes, ya que los países querrán fortalecer su seguridad nacional al producir elementos para los que no disfrutan de una ventaja comparativa.


Si resultara que cada país obligara a que ciertos productos estratégicos se fabricaran localmente, el comercio global, un potente motor del crecimiento económico, perdería radicalmente fuerza justo cuando se necesita más crecimiento para sacar al mundo de la recesión causada por la pandemia. Como mínimo toda medida en esa dirección tendría que realizarse de manera coordinada en la Organización Mundial de Comercio y esto si que es algo más fácil de decir que de hacer.


Todavía que otro camino por explorar y apunta que los países almacenen existencias. Los gobiernos podrían adquirir y guardar cantidades de componentes críticos para su economía y su sociedad para que sirvan de amortiguación contra las inevitables disrupciones en la cadena de suministro. Las existencias en acopio podrían irse llenando naturalmente, sea por importaciones o producción local inducida por el mercado, para evitar los peligros del proteccionismo. También se podría acordar con otros países el compartir existencias o adquirirlas en grupo para reducir más aún las vulnerabilidades.


Recurrir a un aumento del acopio implica mayores costos, ya que se debe llenar y parte de lo que se compre pueda no tener que usarse o volverse inutilizable. Y es imposible saber siempre por anticipado lo que se va a necesitar. Aun así, almacenar existencias tiene sentido.


La crisis del COVID-19 ha revelado que la interconexión tiene sus beneficios y sus riesgos para todos. Para dar respuesta a algunos de esos riesgos, habrá que repensar las cadenas de suministro, con mayor énfasis en la diversificación de los proveedores, la producción local y el almacenaje. El desafío será lograr el equilibrio necesario para asegurar que una política industrial focalizada y limitada no se convierta en pretexto de políticas costosas que amenacen el comercio y el crecimiento económico.




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