Las emisiones de la infraestructura energética existente ponen en peligro el objetivo climático

El mundo está siguiendo con cierta ansiedad el despliegue de las vacunas COVID-19 y esperando el regreso a la normalidad después de un año de confinamiento.

Sin embargo no existe una vacuna para la otra gran amenaza que pesa sobre la humanidad: el cambio climático.

Las imágenes de los incendios forestales en California y las devastadoras inundaciones en Bangladesh son presagios de lo que nos espera si hacemos frente a la emergencia climática. Si no se adoptan medidas drásticas, esas catástrofes se producirán con mayor frecuencia y de forma cada vez más destructiva. Además, el cambio climático es uno de los mayores desafíos geopolíticos a los que nos enfrentamos, ya que actúa como multiplicador de conflictos alimentando la inestabilidad sociopolítica, provocando presiones migratorias, agravando las injusticias a nivel mundial y poniendo en peligro los derechos humanos y la paz, especialmente en los estados más débiles.


Los científicos y expertos sobre el cambio climático han dejado claro que para limitar el aumento de la temperatura media mundial a 1,5ºC por encima de los niveles preindustriales el mundo sólo se pueden emitir 580 giga toneladas de dióxido de carbono (1) y este es todo el presupuesto de carbono para siempre. Sin embargo, con la actual tasa de emisiones mundiales de alrededor de 37 giga toneladas por año, lo habremos agotado en 2035. Por lo tanto, necesitamos descarbonizarnos lo antes posible y dado que el mundo ya se ha calentado en 1,1°C, y que las temperaturas en muchas regiones han aumentado mucho más, la próxima década representa nuestra última oportunidad para afrontar el problema.


La Unión Europea ha sido un líder mundial en este terreno durante décadas y ha puesto en marcha el plan de estímulo más ecológico del mundo sellado en el Acuerdo Verde Europeo, cuyo objetivo será la reducción de emisiones para 2030 al 55%, y se ha comprometido a lograr la neutralidad del carbono para el 2050.


Para apoyar este esfuerzo, los países europeos han decidido convertir al Banco Europeo de Inversiones (BEI) en el Banco del Clima de la Unión Europea (2) que propone movilizar 1,2 billones de dólares de inversiones en acción climática y sostenibilidad medioambiental entre 2021 y 2030 y será el primer banco multilateral de desarrollo del mundo que se ha alineado plenamente con París.


Sin embargo, para ser verdaderamente eficaz, Europa debiese complementar sus esfuerzos internos con una política exterior proactiva. En un mundo en el que la Unión Europea solo representa menos del 8% de las emisiones mundiales, es fundamental satisfacer la creciente demanda de energía en África y sectores de Asia construidas con nuevas centrales eléctricas de carbón y gas financiadas por China que solo evaporan nuestra esperanza de limitar el calentamiento del planeta.


Europa deberá que hacer valer su peso económico y diplomático al servicio de la causa climática, convirtiéndose en una potencia mundial de la diplomacia climática, subrayando los vínculos de la innovación y el desarrollo sustentable. Sólo mediante la innovación, la Unión Europea podrá garantizar la futura competitividad y hacer frente al desafío climático a nivel mundial. Con la innovación y las inversiones ecológicas, la nueva diplomacia climática podrá impulsar la capacidad de recuperación económica en África y otras zonas vulnerables.


Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (3) para alcanzar nuestros objetivos climáticos y de desarrollo sustentable en 2030 será preciso cubrir un camino de inversión anual de aproximadamente 3 billones de dólares donde no siempre es posible depender del sector público, especialmente en los países y regiones menos desarrollados.


El Banco Europeo de Inversiones, con sede en Luxemburgo, pionera en bonos verdes tiene un importante papel que desempeñar tanto en la reorientación del financiamiento privado hacia proyectos de inversión sustentables a nivel mundial, como en asegurar a través de su experiencia en la banca y la ingeniería para que todos los proyectos tengan sentido desde el punto de vista económico.


Será importante sumar a otros bancos de desarrollo a seguir el ejemplo del BEI y alinear sus operaciones con los objetivos del Acuerdo de París para proponer vías de desarrollo bajas en carbono a proyectos que sigan la transición verde.


La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático COP26 (4) que se celebrará en Glasgow en noviembre 2021 constituirá un hito crucial para conocer las ambiciones mundiales. A diferencia de las anteriores COP, no se tratará tanto de nuevas normas multilaterales como de asegurar que el mayor número posible de países, especialmente los grandes emisores, fortalezcan sus compromiso de años anteriores, sino que estarán enfocados en el cómo desarrollar una diplomacia climática y energética que promueva las dimensiones externas del Acuerdo Verde Europeo.


La aceleración de la acción climática y la gestión de la transición energética deben constituir el núcleo de la política exterior de la Unión Europea y de todo el mundo.


Lo que hagamos hoy marcará el rumbo en las próximas décadas.

(1) https://es.co2.earth/global-co2-emissions#:~:text=global%20del%20carbono%20(C)%20las,2%20de%20di%C3%B3xido%20de%20carbono)

(2) https://ec.europa.eu/clima/policies/international/finance_es

(3) https://unctad.org/system/files/official-document/tdr2020overview_es.pdf

(4) https://www.iberdrola.com/sostenibilidad/contra-cambio-climatico/cop26




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