Los desechos de la moda rápida están asfixiando a los países en desarrollo con montañas de basura

Cada año, la industria de la moda produce más de 100 mil millones de prendas de vestir, aproximadamente 14 piezas por cada persona en la Tierra. Desde el año 2000, la cantidad promedio de veces que se usa una prenda antes de desecharla ha caído un 36%. Mientras tanto, el mito de la circularidad se propaga, protegiendo a empresas y consumidores de la incómoda realidad de que la única forma de salir de la crisis global de desechos textiles es comprar menos, comprar mejor y usar más tiempo.

Rollos enredados de ropa empapada ruedan en las olas a lo largo de la costa de Ghana, uno de los mayores importadores de ropa usada del mundo. Los desechos que llegan en fardos se conocen como “Obroni wa wu”, o “la ropa de gente blanca muerta”, una frase en el idioma local Twi que busca dar una razón a la inexplicable avalancha de prendas de ultramar.

Durante la Edad de Oro, los textiles fueron cruciales para el comercio de esclavos en la costa de África Occidental. Constituían casi la mitad del valor total de los bienes en los barcos a África Occidental. Las telas más lujosas destinadas a los gobernantes blancos locales, las telas no tan lujosas se usaban para vestir a los esclavos. El comercio textil desde Amsterdam hasta la costa oeste de África es tan activo como lo era en los siglos 17 y 18.


En la playa de Chorkor, cerca de la capital, Accra, capa tras capa de desechos de países ricos forman una pared de más de 2 metros de altura, como estratos geológicos de diferentes épocas de la moda. Una sandalia Crocs, una camisa azul de Ralph Lauren, un sostén rojo de Victoria's Secret desfilan por la playa, resultando ser tan sólido el montón pútrido, que las precarias casas construidas que se ven en el sector, están construidas literalmente sobre una base de harapos y se ubican en la parte superior de los desechos. Tan compleja es la situación, que los residuos se extienden en la distancia en ambas direcciones y cuando llueve, las vías fluviales y las canaletas de la ciudad arrojan prendas al océano y y luego las olas depositan gran parte de los desechos en la costa.


Pocos son conscientes de que la ropa usada rara vez se recicla en ropa nueva porque no existe la tecnología y la infraestructura para hacerlo a escala. En cambio, las prendas desechadas ingresan a una cadena global de suministro de segunda mano que trabaja para prolongar su vida, reutilizándolas como trapos de limpieza, relleno para colchones o aislación. Pero el auge de la moda rápida y la preferencia de los compradores por la cantidad sobre la calidad, ha llevado a un exceso de ropa de bajo valor que amenaza con hundir la economía de ese comercio y supone una carga excesiva para los países en desarrollo. Mientras tanto, el mito de la circularidad se propaga, protegiendo a empresas y consumidores de la incómoda realidad de que la única forma de salir de la crisis global de desechos textiles es comprar menos, comprar mejor y usar más tiempo.


A principios de 2013, H&M se convirtió en el primer minorista importante en iniciar un programa global de recolección de ropa usada, instalando contenedores en miles de tiendas en más de 40 países. La iniciativa tocó una fibra sensible en medio de una creciente oleada de conciencia ambiental. Y qué fue lo que realmente sucedió? Los estudios han demostrado que cuando las personas creen que un artículo se reciclará, simplemente consumirán más y de este modo otras grandes cadenas de moda rápida, Mango, Primark y Zara, hicieron lo mismo con sus propias campañas.


Lo que ninguna de las campañas reconoce es que el reciclaje a escala industrial de textiles usados ​​en ropa nueva aún no existe. A nivel mundial, menos del 1% de la ropa usada se convierte en prendas nuevas, información que proviene de la Fundación Ellen MacArthur, una organización sin fines de lucro de Inglaterra cuyo objetivo es acelerar la transición a la economía circular.

Los modelos comerciales circulares para la moda, permiten a las empresas obtener ingresos sin fabricar ropa nueva, representan una oportunidad importante para un nuevo y mejor crecimiento en la industria de la moda. Estos modelos de negocio, que incluyen la reventa, el arriendo, las reparaciones y la reconstrucción, pueden proporcionar un ahorro considerable de gases de efecto invernadero y podrían tener un valor de 700.000 millones de dólares para 2030, lo que representaría el 23 % del mercado mundial de la moda.


Los cadenas de moda rápida se han comprometido a que lo que recolectan nunca irá a parar a vertederos ni a desecharse. Pero la realidad es mucho más complicada. Las prendas que se llegan en los programas de devolución a las tiendas, ingresan a la cadena de suministro global multimillonaria de segunda mano, uniéndose a un torrente de contenedores de caridad, tiendas de segunda mano y plataformas de reventa en línea.


La compleja tarea de clasificar ese flujo de desechos recae en una industria global en gran medida invisible de intermediarios y procesadores. Su negocio depende de la exportación de gran parte de la ropa a los países en desarrollo para su reutilización. Es la opción más rentable y, en teoría, la más responsable con el medio ambiente, porque reutilizar artículos consume menos recursos que reciclarlos. Pero no hay forma de rastrear lo que le sucede a una prenda una vez que ingresa a ese flujo, ni existe la tecnología o la infraestructura para capturar lo que se acumula al final de la línea.


Las empresas encontraron formas de hacer que la gente siguiera comprando, diseñando intencionalmente productos para que no duraran. Si Estados Unidos creó las condiciones previas para la moda rápida, fue una empresa española la que perfeccionó la fórmula. A partir de la década de 1980, Inditex, la empresa matriz de Zara, fue pionera en un modelo de venta minorista que redujo los plazos de entrega de meses a semanas, lo que le permitió lanzar alrededor de 10.000 diseños al año, entregar continuamente nuevos artículos a sus tiendas y liquidar los artículos no vendidos dentro de 30 días. El efecto en los hábitos de compra fue sorprendente: los clientes de Zara pasaban por sus tiendas 17 veces al año en promedio, más de cuatro veces el número habitual, según un estudio de caso de Harvard Business School.


Pero había algo más. Zara había accedido sin darse cuenta a los procesos neurológicos más profundos del cerebro humano. Un estudio de 2007 de Stanford escaneó la actividad cerebral de los adultos jóvenes mientras compraban y descubrió que cuando los sujetos veían algo que querían, se activaba una región del cerebro vinculada a la dopamina y el comportamiento adictivo. Los investigadores también notaron que la corteza prefrontal del cerebro parecía sopesar la diferencia entre el precio que el sujeto estaba dispuesto a pagar y el precio real, lo que indica que estamos conectados para experimentar un placer distinto al obtener una ganga. La compulsividad que induce al placer de la moda rápida ha acelerado la rotación. En las últimas dos décadas, la cantidad promedio de veces que se usa una prenda antes de desecharla se ha desplomado en un 36 %, de acuerdo a los estudios de la Fundación Ellen MacArthur.

Reciclar la ropa para convertirla en fibras para ropa nueva es extremadamente difícil. No solo es necesario quitar cosas como botones y cremalleras, sino que también se deben deshacer las telas mezcladas y quitar las tinturas. Las empresas a la vanguardia de la tecnología de reciclaje de textiles utilizan solventes para descomponer las fibras en sus componentes químicos básicos. Pero debido a que diferentes fibras requieren diferentes productos químicos, las empresas requieren un flujo relativamente puro de materia prima, como algodón puro o solo mezclas de polialgodón. Muchas prendas hoy en día contienen tres o más fibras y, gracias al auge de los jeans ajustados y deportivos, a menudo incluyen elastano, una fibra elástica a base de petróleo que es enloquecedoramente difícil de separar.


En cuanto a las etiquetas de prendas que cuentan con contenido de fibra reciclada, a menudo se trata de poliéster hecho de botellas de plástico, la misma materia prima utilizada por la industria de embotellado de bebidas. Ese es un caso de uso menos óptimo, porque una botella de plástico puede reciclarse de nuevo en una botella de plástico muchas veces, pero una botella de plástico convertida en una chaqueta no puede reciclarse.


Volvamos al punto de los textiles desechados en uno de los terminales más grandes de Ghana: Kantamanto. Todos los jueves por la mañana, mucho antes de que salga el sol, los camiones portacontenedores del puerto se abren camino a través de Accra hasta el mercado de Kantamanto. Alrededor de 15 millones de prendas ingresan al mercado cada semana, y casi cualquier cosa imaginable está disponible para la reventa con un claro recordatorio de la adicción del mundo a la moda barata. Kantamanto es también el lugar donde se encuentran los comportamientos necesarios para abordarla. Aquí todavía existe la noción de reparación. Las camisas desechadas porque les falta un botón son remendadas. Las cortinas y camisas de algodón se transforman en calzoncillos masculinos. Recicladores expertos rediseñan la ropa con nuevos diseños. Muchas personas tiñen los jeans descoloridos a un índigo o negro, luego los lavan, almidonan y planchan, tratando las prendas con un cuidado que sus dueños originales probablemente nunca prodigaron en ellas. Es la economía de reventa y reciclaje más grande del mundo, recirculando 300 millones de prendas cada año.


El reciclaje de textiles sigue siendo un desafío para toda la industria, independientemente de la marca o la organización benéfica y tener programas para recolectar prendas usadas para que no se desperdicien es un paso clave para volverse circular.

Los modelos comerciales circulares ofrecen beneficios tanto en ingresos como en los costos y proporcionan múltiples fuentes de ingresos al permitir que las empresas ofrezcan nuevos servicios, como restauración, personalización y sastrería. Los beneficios de los ingresos incluyen una mayor lealtad, acceso a datos de uso de productos y clientes y una mayor base de clientes. Al mismo tiempo, los costos pueden reducirse gracias a los ahorros derivados de una mejor productividad de los recursos y la reducción de riesgos.


En la actualidad, la cadena de suministro de la moda y su infraestructura están diseñadas para un flujo de productos unidireccional. Para que los modelos comerciales circulares funcionen, debe transformarse en una red de suministro capaz de hacer circular productos tanto a nivel local como global. Debe ser económica y técnicamente viable para mantener los productos en circulación, lo que significa que no pueden enviarse fácilmente a todo el mundo para limpiarlos o repararlos, para luego revenderlos o redistribuirlos. Para hacer circular los productos de manera efectiva, será necesario distribuir los servicios, lo que requerirá una colaboración efectiva de todos los actores de la industria. La tecnología se puede aprovechar para mejorar la colaboración multidireccional y alejarse de las transacciones unidireccionales hacia asociaciones mutuamente beneficiosas. El auge de la computación en la nube ha abierto nuevas vías para el trabajo colaborativo, lo que permite que las fábricas y las empresas de moda trabajen juntas desde muchas partes del mundo al mismo tiempo. Esto les permite acceder a datos relevantes, lo que hace que la comunicación sea más rápida y eficaz.


En la actualidad, más de la mitad de la moda rápida producida se desecha en menos de un año, y menos del 1% de la ropa usada se convierte en ropa nueva. La necesidad de regenerar los recursos naturales está en el corazón de la iniciativa de fibras circulares y la economía de la moda circular. Esto requiere invertir en el abastecimiento más sostenible de materias primas y poner un mayor énfasis en el uso de fuentes renovables.

Si las marcas de moda se comprometen con una economía circular a lo largo de su cadena de suministro, la industria de la moda en su conjunto debería volverse más restauradora y regeneradora, reduciendo el impacto nocivo que tiene en el planeta.


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